Cada vez que nos sentamos al volante lo hacemos con rutinas, costumbres o “manías” propias: gestos automáticos, hábitos casi subliminales. Precisamente esos hábitos cotidianos, que muchas veces no somos conscientes de tener, pueden incrementar de forma significativa el riesgo de sufrir o provocar un accidente.
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Conducimos cada día con la sensación de que lo controlamos todo: la velocidad, la ruta, los tiempos. Pero basta un pequeño imprevisto como un atasco inesperado o un claxon fuera de tono para que el estrés aparezca sin avisar y lo cambie todo. Lo notamos en el cuerpo, en el gesto, en la forma de mirar la carretera. Y aunque muchos conductores lo consideran algo “normal”, lo cierto es que el estrés es uno de los factores que más incrementa el riesgo de accidente, y uno de los menos reconocidos.
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